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jueves, 15 de noviembre de 2012

Textos de Antonio Porchia


Antonio Porchia (13-11-1885/9-11-1968)

Todas las cosas pronuncian nombres.
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Quien ha visto vaciarse todo, casi sabe de qué se llena todo.
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Sé que no tienes nada. Por ello te pido todo. Para que tengas todo.
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A veces hallo tan grande a la miseria, que temo necesitar de ella.
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El dolor no nos sigue: camina adelante.
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Un poco de ingenuidad nunca se aparta de mí. Y es ella la que me protege.
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Dios mío, casi no he creído nunca en ti, pero siempre te he amado.
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Se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo.
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En plena luz no somos ni una sombra.
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El hombre vive midiendo, y no es medida de nada. Ni de sí mismo. 
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Quien ama sabiendo por qué ama, no ama. 
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Un corazón grande se llena con muy poco.
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Pueden en mí, más que todos  los infinitos, mis tres o cuatro costumbres inocentes.
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A veces pienso en ganar altura pero no escalando hombres.
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Había males y había malos. Hoy hay solamente males. Me he liberado de los malos.
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Ha sido correcto conmigo todo el universo, menos el hombre, mi semejante.
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Todos pueden matarme, pero no todos pueden herirme.
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Comencé mi comedia siendo yo su único actor y la termino siendo yo su único espectador.
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Como sólo me preparo para lo que debiera sucederme, no me hallo preparado para lo que me sucede. Nunca. 
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Cuando me encuentro con alguna idea que no es de este mundo, siento como si se ensanchara este mundo.
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Casi no he tocado el barro y soy de barro.
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Cada vez que me despierto, comprendo que es fácil ser nada.
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Los que se levantan para levantarse y no para levantar, no comprendo por qué se levantan.
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Estoy tan poco en mí, que lo que hacen de mí, casi no me interesa.
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He llegado a un paso de todo. Y aquí me quedo, lejos de todo, un paso.
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En todas partes mi lado es el izquierdo. Nací de ese lado.
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Un amigo, una flor, una estrella no son nada, si no pones en ellos un amigo, una flor, una estrella.
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Eres tú que me hace sentir lo que siento, pero no eres tú lo que siento. Y todo es lo mismo que tú: un hacerme sentir lo que siento. Y ¿qué es lo que siento?
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Háblame de otras almas, no de tu alma, y así me hablarás de tu alma.
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Estar en compañía no es estar con alguien, sino estar en alguien.
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Cuando me hiciste otro, te dejé conmigo.
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Sabes tanto de mí y no me comprendes. Saber no es comprender. Podríamos saber todo y no comprender nada.
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Porque crees que me has comprendido, has dejado de comprenderme.
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Han dejado de engañarte, no de quererte. Y te parece que han dejado de quererte.
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Sí, me apartaré. Prefiero lamentarme de tu ausencia que de ti.
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 Quien se queda mucho consigo mismo, se envilece.
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El sueño que no se alimenta de sueño desaparece.
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Durmiendo sueño lo que despierto sueño. Y mi soñar es continuo.
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Mis ojos, por haber sido puentes, son abismos.
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La estrella y el insecto. Nada más. Para la estrella el insecto y para el insecto la estrella. Y nadie quiere ser el insecto. ¡Qué extraordinario!
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Si no levantas los ojos, creerás que eres el punto más alto.
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Cuando las estrellas bajan, ¡qué triste es bajar los ojos para verlas!
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Las alturas guían, pero en las alturas.
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Hay caídos que no se levantan para no volver a caer.
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Un hombre solo es mucho para un hombre solo.
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Se puede no deber nada devolviendo la luz al sol.
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Casi siempre es el miedo de ser nosotros lo que nos lleva delante del espejo.
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Las cadenas que más nos encadenan son las cadenas que hemos roto.
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Algunos, adelantándose a todos, van ganando el desierto.
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No ves el río de llanto porque le falta una lágrima tuya.
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Hallarás la distancia que te separa de ellos, uniéndote a ellos.
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Situado en alguna nebulosa lejana hago lo que hago, para que el universal equilibrio de que soy parte no pierda el equilibrio. 
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Y si lo anormal fuese realmente anormal no existiría.
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Lo que no se convierte en recuerdo no fue. Y tal vez no es. Porque no fue.
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Creer que moverse es vivir. Y se mueven, no para vivir. Se mueven para creer que viven.
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Y si es tan veloz el cambiar de las cosas, cuando vemos las cosas no vemos las cosas. Vemos el cambiar de las cosas.