Ida Gramcko
De Sonetos del origen
4
Allí está. Yo lo puse. Es un murmullo
de agua. Nació en mi sangre que es materna.
Porque algo nace si me destituyo
de mi autista entidad. Esa caverna
como una sombra azul ya la diluyo
si desde la emoción trémula y tierna
irradio. Brota entonces un cocuyo,
como chispa de lúcida linterna.
No me ensimismo sino porque fluyo.
De mí no emana una dureza externa.
Hago la vida: un hálito, un arrullo.
Un vacío de bosques me consterna.
Abro el labio: es el canto. Y un capullo
abre parejo a mi canción interna.
5
Esto es ser como el hombre originario.
Ninguna forma tácita se ostenta.
Sólo flota humedad. Algo larvario.
Y en mí germina como un agua lenta
la primeriza forma del estuario.
Mas crece, culminante, se acrecienta,
y un río salta del vocabulario
como fluvial oveja turbulenta.
Y ya cordero móvil, incendiario
transcurre sin vellón. Y ya le intenta
alga y árbol mi pálpito plenario,
este ánimo nutricio, esta opulenta
cadencia maternal, este don diario
que, haciendo tanto, todavía alienta.
6
Siempre un lirismo henchido, un embrionario
Yacer que se prodiga, que fermenta
Lares ajenos a lo rutinario.
Dentro de mí palpita una violenta
Voluntad de creación, un cavernario,
Casi bárbaro hacer, una herramienta
Que forja lirios, un afán agrario,
Una embestida matinal que aventa
Brillos más hondos que el abecedario.
Tras la palabra siéntese una cruenta
Gestación de crisálida, de ovario;
el rostro en vilo se me transparenta
mas quedo tras un vuelco planetario
como una tibia gasa parturienta.
De Los estetas,
los mendigos, los héroes.(1958)
Los estetas
3
Lo
único que hacemos es aceptar la ráfaga, pero esa aceptación ya mide el ritmo y
hasta lo desorienta. Porque somos las víctimas creadoras, una fragilidad que se
ensimisma, una ceniza infiel que se retrae, un polvo que, al erguirse, lleva su
esclavitud a la proeza.
Quizás
cuando el gran soplo nos arrastra, tiene que descartarnos un segundo. Quizás
entonces percibe que hay algo que le cansa como un ala más densa. Somos
entonces como un aire erguido. Pues lo único que hacemos es comprender que
nadie nos pregunta y, sin embargo, dar el cúmulo como si fuera una respuesta.
Los
mendigos
1
Escoria
azul, mendigo,
tiendes
la mano ante el violento muro,
y
te dan, como trigo,
misterio
en su relámpago maduro.
3
¡Oh,
los que fueron fuertes! Los que olvidaron su apariencia inútil y recibieron
golpes y mendrugos como primeros signos de un sigiloso boato.
Colmos,
costrosos colmos clandestinos.
Grandes
gibas trazando como puentes hacia una seda gris que se encamina, que se anuncia
a través de lo enjuto y de lo exhaustivo de estos cáñamos.
Exigente,
inconforme, ¡haz hincapié! Manten un mundo inédito. Una herida todavía
incolora. Tú, la pura entereza en aguijones, escozores, ultrajes, avatares y
agravios.
Los
héroes
1
El
polvo es nuestro fijo patrimonio. Una herida, una edad son las señales de quien
resiste a solas, aparte y en un sitio, su abolengo. Y porque estamos dibujados,
como un hosco relieve sobre el polvo, éste se
nos olvida… Y ese olvido se imparte, prodigando. Allí un jardín, allí
los pétalos que se abren y que sólo sostienen un polvo que se estrella.
Y
porque reflejamos lo legado, pero en medalla mesurada y pulcra, el polvo se
revela y se retrata, curtiendo ese semblante que lo bruñe, con el cambio, la
duda y la experiencia.
Poemas de una psicótica (1964)
Plegaria
No
te puedo nombrar. No tienes nombre. Eres lo que se siente. Nunca lo que se
explica. ¡Oh mi absoluto Amado, a quien descubro ahora sin que ninguna forma lo
limite! Perdóname la antigua reflexión.
No
eres lo que se piensa. Eres lo que se ama. No eres conocimiento sino sólo
estupor. No eres el perfil sino el asombro. No eres la piedra sino lo inaudito.
No eres la razón sino el amor.
De
la mano del Ángel yo he ascendido a tu
hallazgo que nunca es un concreto tesoro sino continuamente un descubrimiento
inenarrable. El Ángel, a mi lado, sintió también intensa, más intensa que
nunca, más intensa que con algo o con alguien, esa visión de inmensidad. Como
con nadie, no porque cada caso es singular, sino porque aquel acto fue más
hondo que todos los suyos, como si recibiéramos de pronto un advenimiento de infinito.
I
es inútil pensar en encarnarte. Eres lo que nunca se puede encarnar ni nombrar
porque sólo nos juntas las manos y nos haces doblar las rodillas.
Déjame
sentirte, ¡oh infinitud, oh zona inmensa, dimensión sobrehumana, oh mi Dios,
siempre con la piel deslumbrada tanto que el cuerpo se me vuelva luz! Déjame
estupefacta, arrebatada, y déjame que vibre para siempre con la palpitación mía
e íntima.
Quisiera
ser aquella que permanece, atónita, ante ti. La que no sabe de tu nombre, la que no sabe de tu
forma, una ignorante estremecida. I que así sea.
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