“Now i´m become death,
the destroyer of worlds”
R. Oppenheimer
Parecía que el
mundo
se detenía mientras
caía del cielo.
Ojos curiosos
alzaban la
vista y contemplaban ingenuos.
Esperando
- tal como nosotros
nos cansamos de esperar-
Un manifiesto.
Una respuesta.
Un significado.
Una revelación.
¿Era una joya acaso
que les enviaba la amada diosa del cielo?
No.
¿Era un lucero
acaso
que bajaba a la
isla;
un nuevo sol
naciente?
No estaban tan
lejos de la verdad.
El silencio no duró
mucho más tiempo.
El sol estalló en
la tierra
como si fuera un
infierno de fuego.
Un sol más
brillante que cincuenta soles.
Ciento cuarenta mil
almas
Se diluyeron en el
aire.
Veinte calles
fueron reducidas al
polvo.
No quedaron muertos
que enterrar.
No quedaron árboles de robustas raíces
más fuertes que la
roca y el viento.
No quedaron ecos
del canto de los pájaros
que evocaran los
inicios del mundo.
No quedaron pájaros
que recordaran
las risas inocentes
de los niños.
No quedaron ruinosos escombros de templos antiguos,
donde rogar por las
víctimas ni llorar los caídos.
En veinte calles la
tormenta de fuego todo
lo devoró con odio.
De Hiroshima no
quedo nada.
El único monumento
que sobrevivió
fue una desoladora
nube en forma de hongo.
Y el miedo
siniestro que sólo desde entonces conocemos.
Rafael
Figueredo Oropeza
Cuando leíste este poema en el taller, se te hizo el comentario de que por momentos tenia aires de crónica. Pero viéndolo escrito, sin la pasión de tu lectura, me parece totalmente poético. Creo que el aire de denuncia lo imprimen tus sentimientos cuando lo lees en voz alta
ResponderEliminarExcelente poema... Muy bueno, una denuncia inteligentemente confeccionada.
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