jueves, 15 de noviembre de 2012

Textos de José Antonio Ramos Sucre


JOSÉ ANTONIO RAMOS SUCRE
EL EMIGRADO
Quedé solo con mi hijo cuando la plaga mortífera hubo devastado la capital del reino venido a menos. Él no había pasado de la infancia y me ocupaba el día y la noche.
Yo concebí y ejecuté el proyecto de avecindarme en otra ciudad, más internada y en salvo. Tomé al niño en brazos y atravesé la sabana inficionada por los efluvios de la marisma.
Debía pasar un pequeño río. Me vi forzado a disputar el vado a un hombre de estatura aventajada, cabellos rojos y dientes largos. Su faz declaraba la desesperación.
Yo lo compadecí a pesar de su actitud impertinente y de su discurso injurioso.
Pude alojarme en una casa deshabitada largo tiempo y acomodé al niño en una cámara de tapices y alfombras. Él padecía una fiebre lenta y delirios manifestados en gritos.
El mismo hombre importuno vino a ofrecerme, después de una noche de angustia, el remedio de mi hijo. Lo ofrecía a un precio exorbitante, burlándose interiormente de mis recursos exiguos. Me vi en el caso de despedirlo y de maldecirlo.
Pasé ese día y el siguiente sin socorro alguno.
Yo velaba cerca del alba, en la noche hostil, cuando sentí, en la puerta de la calle, una serie de aldabonazos vehementes.
Me asomé por la ventana y sólo vi la calle anegada en sombras.
Mi hijo moría en aquel momento.
El hombre de carácter cetrino había sido el autor del ruido.


(Del libro Las formas del fuego)


EL CASTIGO

El visionario me enseñaba la numeración valiéndose de un árbol de hojas incalculables. Pasó a iniciarme en las figuras y volúmenes señalándome el ejemplo del cristal y la proporción guardada entre las piezas de una flor. Descubría en el cuerpo más oscuro un átomo de la luz insinuante.
El visionario desaparecía al caer la tarde en un esquife de cabida superficial. Creaba la ilusión de zozobrar en una lejanía ambigua, en medio de un tumulto de olas. Yo miraba flotar las reliquias de su veste y de su corona de ciprés.
Volvía el día siguiente a escondidas de mí, usando el mismo vestido solemne de un sacerdote hebreo, conforme el ritual de Moisés.
Comentaba en ese momento el pasaje de un rollo de pergamino, escrito sin vocales. La portada mostraba la imagen del licaón, el lobo del África. Terminaba citando el nombre de los profetas vengativos y soltaba a la faz de la mañana un himno grandioso donde se agotaba el torrente de su voz.
 Dejé de verlo cuando se puso al habla temerariamente, a través del espacio libre, con un astro magnético.
La rotonda, en donde se había acogido, vino súbitamente al suelo, rodeada de llamas soberbias.


(Del libro Las formas del fuego)



EL VIAJE EN TRINEO

El cobre y la plata yacían sepultados en una zona estéril, en donde los vegetales alcanzaban una arborescencia mezquina. El abedul enano y el liquen no conseguían alegrar la vista.
Un río continental permanecía más de la mitad del año paralizado por los hielos. Algunos barcos informes, de arte rudimentario, se deshacían en medio del clima estricto. Los autores de su fábrica juntaban las piezas por medio de sogas de cáñamo, sin el auxilio del hierro. Aquellos  barcos navegaban pesadamente balanzando sus tres mástiles en el aire lívido.
Hombres apáticos, vestidos de piel de reno, moraban en la desembocadura del río. Unas aves de pico sórdido despedazaban en su presencia el cadáver de una ballena polar.
Aquellos hombres desaseados morían de roña y de escorbuto. No acostumbraban el uso de la sal y consumían el pescado sin despojarlo de sus vísceras.
Yo había arribado a aquel paraje cumpliendo un encargo del gobierno británico. Debía espiar la actividad de los agentes moscovitas, obstinados de nuestra pérdida. Había adoptado laboriosamente las costumbres y el lenguaje de aquellas naciones incultas y nadie me habría distinguido entre los mongoles de tez de azafrán.
Advertí inmediatamente la ineptitud de nuestros enemigos. No habían descubierto el modo de aplicar a la industria del armamento los metales atesorados en el suelo.
Algunos jinetes del Cáucaso habían penetrado en el territorio de una tribu desprevenida e inocente, sujeta a la autoridad incierta del emperador de China y desidiosa en pagarle el tributo de cuarenta pellizas de zorro blanco. Se decía devota de los espíritus infernales refugiados en una montaña de arena.
Yo persuadí la tribu en contra de los invasores prodigando el dinero y el aguardiente. Junté una muchedumbre  armada de picas y bastones y la conduje al asalto de un pequeño reducto de madera en donde se guarecía el enemigo. El zar descuidó el agravio inferido a sus servidores y los incorporó a su guardia de honor.
Procuré aumentar mis conocimientos en ciencias naturales cuando me convencí de la incapacidad de nuestros émulos en el dominio del Asia. Me encaminé a un sitio famoso por el hallazgo de animales prediluvianos. Trabé en esa ocasión alguna amistad con un naturalista ruso, nacido en el litoral del Báltico y educado en Riga.
Juntaba a su preparación universitaria la credulidad y la superstición de un pope. Se embriagaba copiosamente para festejar el domingo y rodaba por el suelo dejando oír un hipo fatigante. Ingería habitualmente un pan negro, ácido, aromatizado de anís y de comino y salpicado de una salsa cáustica.
Se dio cuenta, no obstante, de la razón de mi viaje por aquel desierto y podía frustrar mi labor esforzada.
Había despertado mis celos previniéndome en el descubrimiento de una nueva casta de cedros de Siberia.
Conseguí envenenarlo en el curso de su embriaguez, dándole a comer de la carne de un mamut fósil.

(Del libro Las formas del fuego)

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