JOSÉ ANTONIO RAMOS
SUCRE
EL EMIGRADO
Quedé
solo con mi hijo cuando la plaga mortífera hubo devastado la capital del reino
venido a menos. Él no había pasado de la infancia y me ocupaba el día y la
noche.
Yo
concebí y ejecuté el proyecto de avecindarme en otra ciudad, más internada y en
salvo. Tomé al niño en brazos y atravesé la sabana inficionada por los efluvios
de la marisma.
Debía
pasar un pequeño río. Me vi forzado a disputar el vado a un hombre de estatura
aventajada, cabellos rojos y dientes largos. Su faz declaraba la desesperación.
Yo
lo compadecí a pesar de su actitud impertinente y de su discurso injurioso.
Pude
alojarme en una casa deshabitada largo tiempo y acomodé al niño en una cámara
de tapices y alfombras. Él padecía una fiebre lenta y delirios manifestados en
gritos.
El
mismo hombre importuno vino a ofrecerme, después de una noche de angustia, el
remedio de mi hijo. Lo ofrecía a un precio exorbitante, burlándose
interiormente de mis recursos exiguos. Me vi en el caso de despedirlo y de maldecirlo.
Pasé
ese día y el siguiente sin socorro alguno.
Yo
velaba cerca del alba, en la noche hostil, cuando sentí, en la puerta de la
calle, una serie de aldabonazos vehementes.
Me
asomé por la ventana y sólo vi la calle anegada en sombras.
Mi
hijo moría en aquel momento.
El
hombre de carácter cetrino había sido el autor del ruido.
(Del libro Las formas del fuego)
EL CASTIGO
El
visionario me enseñaba la numeración valiéndose de un árbol de hojas
incalculables. Pasó a iniciarme en las figuras y volúmenes señalándome el
ejemplo del cristal y la proporción guardada entre las piezas de una flor.
Descubría en el cuerpo más oscuro un átomo de la luz insinuante.
El
visionario desaparecía al caer la tarde en un esquife de cabida superficial.
Creaba la ilusión de zozobrar en una lejanía ambigua, en medio de un tumulto de
olas. Yo miraba flotar las reliquias de su veste y de su corona de ciprés.
Volvía
el día siguiente a escondidas de mí, usando el mismo vestido solemne de un
sacerdote hebreo, conforme el ritual de Moisés.
Comentaba
en ese momento el pasaje de un rollo de pergamino, escrito sin vocales. La
portada mostraba la imagen del licaón, el lobo del África. Terminaba citando el
nombre de los profetas vengativos y soltaba a la faz de la mañana un himno
grandioso donde se agotaba el torrente de su voz.
Dejé de verlo cuando se puso al habla
temerariamente, a través del espacio libre, con un astro magnético.
La
rotonda, en donde se había acogido, vino súbitamente al suelo, rodeada de
llamas soberbias.
(Del libro Las formas del fuego)
EL VIAJE EN TRINEO
El
cobre y la plata yacían sepultados en una zona estéril, en donde los vegetales
alcanzaban una arborescencia mezquina. El abedul enano y el liquen no
conseguían alegrar la vista.
Un
río continental permanecía más de la mitad del año paralizado por los hielos.
Algunos barcos informes, de arte rudimentario, se deshacían en medio del clima
estricto. Los autores de su fábrica juntaban las piezas por medio de sogas de
cáñamo, sin el auxilio del hierro. Aquellos
barcos navegaban pesadamente balanzando sus tres mástiles en el aire
lívido.
Hombres
apáticos, vestidos de piel de reno, moraban en la desembocadura del río. Unas
aves de pico sórdido despedazaban en su presencia el cadáver de una ballena
polar.
Aquellos
hombres desaseados morían de roña y de escorbuto. No acostumbraban el uso de la
sal y consumían el pescado sin despojarlo de sus vísceras.
Yo
había arribado a aquel paraje cumpliendo un encargo del gobierno británico.
Debía espiar la actividad de los agentes moscovitas, obstinados de nuestra
pérdida. Había adoptado laboriosamente las costumbres y el lenguaje de aquellas
naciones incultas y nadie me habría distinguido entre los mongoles de tez de
azafrán.
Advertí
inmediatamente la ineptitud de nuestros enemigos. No habían descubierto el modo
de aplicar a la industria del armamento los metales atesorados en el suelo.
Algunos
jinetes del Cáucaso habían penetrado en el territorio de una tribu desprevenida
e inocente, sujeta a la autoridad incierta del emperador de China y desidiosa
en pagarle el tributo de cuarenta pellizas de zorro blanco. Se decía devota de
los espíritus infernales refugiados en una montaña de arena.
Yo
persuadí la tribu en contra de los invasores prodigando el dinero y el
aguardiente. Junté una muchedumbre
armada de picas y bastones y la conduje al asalto de un pequeño reducto
de madera en donde se guarecía el enemigo. El zar descuidó el agravio inferido
a sus servidores y los incorporó a su guardia de honor.
Procuré
aumentar mis conocimientos en ciencias naturales cuando me convencí de la
incapacidad de nuestros émulos en el dominio del Asia. Me encaminé a un sitio
famoso por el hallazgo de animales prediluvianos. Trabé en esa ocasión alguna
amistad con un naturalista ruso, nacido en el litoral del Báltico y educado en
Riga.
Juntaba
a su preparación universitaria la credulidad y la superstición de un pope. Se
embriagaba copiosamente para festejar el domingo y rodaba por el suelo dejando
oír un hipo fatigante. Ingería habitualmente un pan negro, ácido, aromatizado
de anís y de comino y salpicado de una salsa cáustica.
Se
dio cuenta, no obstante, de la razón de mi viaje por aquel desierto y podía
frustrar mi labor esforzada.
Había
despertado mis celos previniéndome en el descubrimiento de una nueva casta de
cedros de Siberia.
Conseguí
envenenarlo en el curso de su embriaguez, dándole a comer de la carne de un
mamut fósil.
(Del libro Las formas del fuego)
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